viernes, 15 de diciembre de 2017

Codicia

CODICIA

La Codicia se define como el deseo ansioso y excesivo de bienes o riquezas. El deseo de adquirir bienes materiales y el interés por crecer económicamente son válidos en cualquier persona, pero existen límites respecto a esto y todo aumento estará sujeto a unos términos y condiciones. El deseo vehemente de tener dinero sólo por “tener más” debe ser identificado en esos momentos de sinceridad y silencio que toda persona merece, y necesita tener. En un profundo examen de conciencia, reconociendo que es necesaria una sana desconfianza en uno mismo; no creerse dueño y señor de la verdad absoluta, sino con Descartes dudar de sí mismo para posteriormente tomar el compromiso y definir medios concretos para trabajar en sanearse de este tipo de deseos, pues centrarse mucho en el dinero distorsiona el real sentido del trabajo, del hogar, de la familia, de la vida misma, y en todo momento se ha de vislumbrar no el vivir, yel modo de vivir, sino la finalidad última del vivir, que no es precisamente el consumismo, la ostentación y la presunción o vanidad.

Fragmentos de esta poesía ilustra bien la codicia: 

La codicia triste mal corruptora del humano,
quien ayer te llamó hermano
tal vez hoy te niegue sal.
La usura que es amoral
engañando a la esperanza
especula con la fianza
para alcanzar la riqueza,
abusa de la pobreza
y así se engorda la panza.
La vileza encuentra alianza
con escrupuloso engaño
no importando causar daño
para alcanzar su bonanza.
Otorgando la confianza
mostraran buenos modales
embaucando los caudales
a quien quiere enriquecerse,
aun a costa de perderse
en embrollos ilegales.
Los que no fueron leales
a las causas de los pobres
buscarán entre los sobres
exculpaciones legales.
El dinero hace rivales
entre hermanos y entre amigos,
entre ricos y mendigos,
entre el noble o el plebeyo,
convierte lo feo en bello
e injuriosos en testigos.
Los humanos enemigos
del mundo que les rodean
alcanzan lo que desean,
maltratando con castigos.
Y al mirarse sus ombligos
solo ven que la decencia
no es ajena a su conciencia
si no afecta a sus bolsillos,
entre tanto los caudillos
otorgan su providencia.
La justicia con frecuencia
amparará al que más tiene
y aunque a veces le condene
le dará soez clemencia.
Pues tan solo la indulgencia
se compra con la cartera
y aunque no es prueba certera
el ladrón de guante blanco
guarda el dinero en el banco
y el desahuciado en la era.
El que no tiene, quisiera
obtener buena fortuna
y si ha de pasar hambruna
aguarda iluso la espera.
La codicia es altanera
alberga en nuestra conciencia
la traición y la demencia
la usura y la egolatría,
la razón se perdería
con su malévola influencia.
Quien con fe pide clemencia
con el rezo cada día,
es que en su interior oiría
que el orar da la indulgencia.
Entonces la penitencia
que perdona los pecados
deja a los desamparados
a merced de un ser divino,
justificando así el sino
de seres desheredados.
Cuando vemos desalmados
que expolian todo lo ajeno
en nuestro interior obsceno
quedan los ojos cerrados.
Mientras tanto los parados
buscarán con sus temores
todos aquellos valores
que dignifiquen sus frentes,
los demás indiferentes
escondemos los rubores.
Si se buscan los hedores
que están entre la basura
en la miseria supuran
los sueños de perdedores.
Algunos legisladores
tienen sus conciencias mudas
sus almas quedan desnudas
por la mísera codicia,
amparada en la malicia
sus honores le hizo Judas.
Para que no queden dudas
de tantas divagaciones
lo que parece aversiones
son reflexiones agudas.
Las verdades si son crudas
tocan siempre lo moral
pues buscando en lo esencial
encontramos las miserias
envueltas entre materias
de ese codicioso mal.





Son múltiples y variadas las formas como  la codicia y las ocasiones de tropezarnos con ella y de comportarnos arrastrados por y hacia ella, se nos presentan, pero es esencial controlar ese deseo desordenado y excesivo de   la riqueza. 

Se busca tener dinero con el solo propósito de tenerlo, acumularlo, se piensa erróneamente que una buena posición económica brinda acceso a lugares donde antes no se podía acceder. 

Si en la vida familiar esta tendencia no se controla, se convierte en un vicio, pues se busca ser el amo y señor de todo y de todos; inclusive se puede llegar a perder la brújula ya que se está dispuesto a arriesgarlo todo por la seguridad económica. En este extravío malsano el primer valor en perderse es el compartir; las comunidades humanas han compartido desde el principio de los tiempos los recursos, como forma de supervivencia; el hecho de compartir hace referencia al aportar a otras personas en común de un recurso o un espacio. En sentido estricto, hace referencia al disfrute simultáneo o uso alternativo de un bien finito, pero al perderse este valor lo que se supone es común por conformarse con el aporte igualitario, previamente convenido, de todos los miembros de la comunidad empiezan los privilegios y si de alimentación se trata, por ejemplo, se les da más comida a unos que a otros, a unos se les sirve en canoas y a otros en dedales, unos comen tres, cuatro o más veces y otros si acaso par de veces. 

Cuando la codicia penetra en cualquier comunidad, se cae en situación de esclavitud personal, una suerte de círculo vicioso que no es otra cosa que la experiencia de estar una parte de los miembros - los codiciosos-  llenos de dinero y vacíos por dentro. Resuenan fuerte las palabras de Cristo: ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma? (Mc 8, 36)

Es muy importante discernir las situaciones moralmente ambiguas y obrar con rectitud.   

La envidia, querida amiga,

La envidia, querido amigo,

se nos presenta en nuestra vida diaria, sin embargo, hay que dejarla de lado para evitar la codicia y la avaricia, y levantar la mirada más allá de esas miserias humanas para lo cual cada quien requiere conocer mejor la misión fundamental que tiene en la vida, sin creerse imprescindible, sin caer en la falta de respeto hacia los demás al ver frustrados sus desmedidos deseos y adoptando una conducta soez y oportunista. 


En ocasiones es necesario considerar que con su trabajo bien realizado puede satisfacer algunas de sus ambiciones, pero no pretenda vivir del trabajo de los demás y menos aún valerse de su posición de dominio circunstancial para privilegiar a unos y excluir a otros, y además hablar de si mismo como un dechado de virtudes y no darle reposo a su lengua asumiéndose como juez de todo el mundo y exaltando uno de los suyos, precisamente al que ve con mejores posibilidades de alimentarle su codicia. Siempre a la persona dominada por la codicia lo mucho le parece poco y más aún si no lo ha logrado con su esfuerzo sino del trabajo de los demás.

   La Avaricia, me acota una buena amiga desde la distancia, rompe el saco...
Envidia y Codicia son dos sentimientos destructivos, son una mezcla de tóxicos que envenenan la mente de muchas personas haciéndolas despreciables para los demás.

La envidia es un germen que se manifiesta por el recelo que les produce el bienestar y el éxito de los demás, algo que jamas conquistaràn, por lo que desean y proceden en consecuencia para que el otro deje de poseer lo que ellos nunca tendrán, éxitos, logros personales, felicidad.
Estos seres mediocres, inferiores, despliegan toda su maldad en represalia por quien vive una vida feliz, exitosa, tranquila, sin sobresaltos.

Entonces ahí es donde toma protagonismo el envidioso que trata por todos los medios que ese familiar, amigo o conocido vea su vida perturbada por acusaciones infundadas, reclamos injustificados y todo tipo de daño que este dirigido a perturbar a la persona en cuestión.
La moraleja de la víbora y la luciérnaga es bien conocida.La víbora la perseguía para comérsela no estando en su cadena alimentaria, hasta que la luciérnaga cansada se detiene y le pregunta porque la quiere comer si no esta en su cadena alimentaria, a lo que la víbora le responde: – porque no soporto verte brillar-
Este comportamiento es imitado en miles de casos, el objetivo es simplemente hacer daño, destruir, no soportan estos mediocres el éxito, la felicidad, el bienestar del otro.
El envidioso muchas veces logra su cometido pero el veneno que expele a los demás también lo bebe y eso se puede observar a simple vista, son personas oscuras, amargadas, sin vida social, adulantes, resentidas y poco afectivas.
Al beber su propio veneno destruyen su propia vida, pero como el cuento del Alacrán, atacan a cualquiera aunque con ello destruyan su propia vida.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Teresa Carreño Discurso de orden a cargo de la escritora Mercedes Carvajal de Arocha (Lucila Palacios) en el Acto de Inhumación de los r...